Desde la cuenta hasta el sorteo. Está escrito en el orden en que hay que hacerlo, porque el orden importa: no se puede publicar sin decir cómo se cobra, ni sortear sin haber vendido.
Nombre, correo y contraseña. No hace falta tarjeta ni datos de la organización todavía.
Llega un correo para confirmar la dirección, y hay que confirmarla antes de publicar. Es lo que evita que alguien publique una rifa con un correo que no existe y después no pueda recuperar su cuenta.

Cuántos números tiene la rifa, cuánto vale cada uno, desde qué número arranca y cuándo es el sorteo. Al elegir el país quedan definidas la moneda y el formato del teléfono.
El total de números es la decisión más difícil de cambiar después: los números ya vendidos no se mueven. Conviene pensarlo junto con el precio — cien números a 50.000 recaudan lo mismo que quinientos a 10.000, pero se venden de manera muy distinta.

Es lo que ve quien va a pagar: en Paraguay una cuenta o un alias, en Brasil una chave PIX, en Argentina un CBU, en México una CLABE. Se pueden cargar varias cuentas.
De cada cuenta se elige qué se muestra y qué no. Lo que no se marca no sale a la página pública, ni siquiera en el código.

Uno o varios, en orden: primer premio, segundo, tercero. Cada uno con su descripción y su foto.
Ese orden es el orden en que se sortean, y así queda en el acta pública.
La foto del premio, el texto de arriba, los colores y la foto de quien organiza. La imagen se recorta ahí mismo y se ve igual publicada.
Una foto de verdad del premio vende bastante más que una imagen genérica. Es la primera pantalla que ve alguien que recibió el link.

La rifa queda en una dirección propia —turifa.winio.lat— que se dicta por teléfono y se pega en cualquier chat.
Hasta 100 números es gratis. De ahí para arriba se activa por tramo, se paga una sola vez y no hay comisión sobre lo recaudado.

Alcanza con pasar el link. Si la rifa se vende entre varios, cada vendedor tiene su propio link y su código QR, y lo que entra por ahí queda atribuido sin preguntarle a nadie. Y si además se vende en papel, los talonarios se imprimen desde el panel.
Quien compra no necesita crearse una cuenta: elige sus números, deja nombre y teléfono, y sube el comprobante ahí mismo.

Cada reserva llega con el comprobante al lado. Se abre, se compara y se confirma; ahí sale el mensaje de WhatsApp ya escrito, con el comprobante del participante.
Las reservas que nadie paga vencen solas —48 horas por defecto— y los números vuelven a estar libres. No hay que perseguir a nadie.
Números que ganan al instante, un sorteo sorpresa entre los que ya compraron, o uno que se dispara al llegar a la meta de ventas elegida. Sirven para que la venta no se duerma en el medio.
Se arman antes de vender el primer número y después no se pueden cambiar. Eso es lo que hace que valgan: cualquiera puede comprobar que no se movieron.
Se conecta Telegram desde el panel y llegan las reservas nuevas, los comprobantes que esperan y el resumen del día. Un toque, sin instalar nada.
Si la rifa la maneja un equipo, se puede vincular un grupo y lo reciben todos.
Se prepara el sorteo y cada premio sale de la semilla que la rifa tiene comprometida desde que se creó, sobre la lista de números pagados. Al terminar queda un acta pública que revela la semilla y permite rehacer la cuenta.
Hay una pantalla aparte para proyectar o transmitir el sorteo en vivo, con el número saliendo en grande.

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